Cuando salgo de excursión al campo trato siempre de poner todos mis sentidos en alerta.
Por supuesto, la vista juega un papel fundamental para no pasar por alto cada nuevo ser que voy encontrando a mi paso, cada planta, cada color.
Trato de abrir bien los pulmones, llenarlos de aire sin más, ése que huele a fresco, a humedad del rocío, que no tiene más olor que a tierra, piedra e hierba ( y/o a caca de vaca, claro :-P).
El oído nunca lo tuve muy fino, aquí he de reconocer que es Enrique quien me va ayudando, jajaja
Pero el tacto... yo creo que el tacto es el sentido que más desarrollo esos días. ¿Habéis acariciado, no tocado, sino acariciado, los pétalos de las flores? Es una de mis grandes aficiones. Los pétalos de amapola, al ser tan grandes, tienen mucha superficie, te hacen sentir realmente su suavidad, es increíble recorrerlos con los dedos. Imaginaos lo contenta que me puse cuando al llegar al final de uno de los senderos de Collserola nos esperaba este prado de amapolas rebosante de color y vitalidad ^_^
El sentido del gusto lo dejamos para el final, ¡ qué reconfortante es llegar a casa y merendar después de una gran escapada campestre!