Realmente hay algo mágico en el trabajo manual. Es un proceso encantador, y admirable. Encantador no sólo porque sea bonito, que también, sino porque es como un hechizo que atrapa la mirada, y entretiene a la mente pensando en el cómo. Y admirable, sin duda, porque despierta en el ánimo una consideración extraordinaria hacia aquello que estás viendo, te hace contemplarlo con estima y elogiar la proeza.
De esta guisa ( encantada y llena de admiración) me quedé al ver la labor de estos dos artesanos del papel de un pueblecito de Myanmar. A medio camino entre Heho y el Lago Inle, paramos en una especie de casita taller, donde trabajan el papel para lograr maravillas como lámparas, abanicos, o preciosas sombrillas orientales.
Me gustó especialmente cuando nos enseñaron el proceso, cómo van metiendo toda la masa que más tarde se convertirá en papel junto a hojas y flores de buganvilla (allí las llaman "flores de papel") en un jarrón y lo mueven con agua, para luego extenderlo sobre una rejilla y dejar que seque al sol.
Después nos enseñaron dónde pulen la madera de bambú para el armazón de las sombrillas, y la tienda taller en la que trabajan.
Verdadera admiración.
PD: ni que decir tiene que me traje para España varias sombrillas , un abanico y un par de lámparas, unos souvenirs auténticos y hechos con cariño